Cerro de Santa Catalina, Gijón

La hermosa ciudad de Gijón, llamada capital de la Costa Verde, descansa en la Bahía de San Lorenzo, entre el Cabo Torres y la Punta del Cervigón, mirando al mar. Justo en el medio hay una pequeña península, formada por el Cerro de santa Catalina, que antiguamente se quedaba aislada de tierra con marea alta. Esa casi isla, ese monte,  también llamado La Atalaya por su dominio de la Bahía, es el origen, la parte más antigua de Gijón, pero a la vez, representa la vanguardia y la esencia del desarrollo y la evolución de la ciudad.

El Cerro de Santa Catalina conforma una península de 70.000 metros cuadrados sobre el mar, con una evidente importancia estratégica, de hecho fue llamado “el Giraltar de la Bahía de Vizcaya”, en Asturias teníamos que ver varios lugares interesantes, este es sin duda uno de ellos. Los romanos la llamaron a esta península Gigia y fue donde fundaron lo que hoy es Gijón (hubo otros asentamientos anteriores pero en otros cerros), en su época fue un importante centro neurálgico de comunicaciones, tanto terrestres como marítimas. Su importancia vital tuvo continuidad en el barrio de Cimadevilla, el barrio histórico de la ciudad.

Durante siglos, esta situación estratégica fue causa de que el cerro de Santa Catalina tuviera una utilización militar. Hay túneles subterráneos y todavía quedan restos de un fortín en su lado oeste, un antiguo complejo militar llamado “Casa de las Pieces” o “Fuerte Viejo”, cuya finalidad era defender la bahía contra invasiones y ataques pirata. El espacio fue recuperado por el Ayuntamiento de Gijón en 1997, sólo se conservan algunos restos de los muros, los túneles y bunkers y la llamada Batería de Santa Catalina, dos cañones orientados al mar.

Hoy por hoy, el cerro de Santa Catalina es uno de los lugares preferidos de la ciudad y también de los más emblemáticos. Su cima es un espléndido mirador sobre la bahía y la ciudad. El Ayuntamiento lo ha recuperado como parque, hay un museo de arte al aire libre y de hecho, la cima del cerro está coronada por una escultura de Eduardo Chillida, llamada “El Elogio del Horizonte”, que como todo el arte contemporáneo en general siempre cuenta con la “sensibilidad” de la ignorancia y ha sido apodado por algunos “el water de King Kong”.

Marga G.-Chas Ocaña

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